9 de febrero de 2017

A propósito de cierto propósito/ Gilberto Hernández Matos













Pareciera que toda expresión sobre poesía puertorriqueña, más o menos de siempre, (la expresión, digo, que no la poesía) no puede brindarnos más que por milésima vez‑ tópicos y lugares comunes en el remedio simplista de remontarse a los mismos textos (valiosos) y luego darlos como únicos.  En esta ocasión se añade, no obstante, una pretendida objetividad en la apreciación de nuestra poesía. El escrito titulado "A propósito de cierta poesía puertorriqueña de fines de siglo XX y comienzos del XXI" adjudica sus tópicos y lugares comunes al acontecer poético de "casi toda América Latina". Esta aludida objetividad es parca: no revela qué parte de América Latina ocupa el espacio de ese "casi" vindicado en la vía de la excepcionalidad. Pero no importa, la mención de Puerto Rico nos atañe a nosotros.
La antología cabalga, nos dice el autor del escrito, entre los textos que canoniza en su imaginario (aunque no  necesariamente sean, aclara, palpitantes, o vivos o necesarios, -supongo que no es una canonización a lo Harold Bloom), y textos que son, en su fondo, la expresión de un sujeto y sus reducidas (el calificativo es mío) dimensiones personales. Esto es, el elemento lírico biográfico. Esa habla lírica es, dice, un fantasma que recorre Madrid y lo que llama "nuestra región", que, al igual que el “casi” anterior se presenta sin definir.  Esto es, la antología, salvo el canon invocado (incluso con un valioso poeta que por cuestión de edad no está antologado), es la construcción de un lirismo sin mérito épico alguno que el de un monótono "yo" del que se dice ‑no sabemos a qué cuento‑, que, si no es parido, es empujado por un Neruda,  que, sofocado en su propia historia personal, lo endilgó a sus influenciables lectores poetas.  Pues bien,  a mí,  que siempre me ha parecido que La Iliada es un hermosísimo canto lírico aderezado de nostalgia de unos hombres que se llamaron Homero, y la clasificación de “épica” un estado forzoso de los taxidermistas literarios, no me viene a cuento el reparo que se hace en este escrito. De hecho, sin adscribirme a escuelas de crítica es pertinente recordar que el estructuralismo, desde su modalidad francesa hasta Barthes y sucedáneos, entendían que toda la lingüística del entorno convergían en ese pobre y triste “yo” que podía presentar un solo y escueto poema. La famosa estructura era, en su primer término, el habla de la sociedad toda sobre el escritor. Claro está, el "yo" no es la única expresión poética, pero ha sido, por su condición lírica precisamente, por su falso carácter unitario, la configuración épica de nuestros tiempos.  Y eso ha sido así porque tras la revolución industrial y el advenimiento de las masas el fenómeno multitudinario solo resiste su otredad en el sujeto particular que se le revela como única antítesis posible: el yo como sujeto lírico. Por eso On te road, de Jack Kerouac, es una épica, aunque trate de un individuo que está viajando en su vehículo convertible. Por eso las expresiones épicas más altas de los últimos siglos (y que se preparen los venideros para no superarlo) encontraron su asiento en el lirismo encendido en Walt Whitman  y Charles Baudelaire.
            Pero a la otra mejilla le corresponde un gran acierto en este escrito, aunque no me parezca que sus expresiones cobren pertinencia en relación a la antología comentada. Me refiero a la mención hecha de esa mala costumbre que se trata de pasar como una cuestión literaria de mérito: la creación literaria, el poema concretamente, practicado como un ejercicio de forzada cuenta lírica que solo sirve para llenar páginas, así como facturar frases de ingenio como expresiones poéticas. Pero estas son cosas que no pueden decirse sin más ni más.
            Compadezco a Fernando de Herrera, “el Divino”.  El maestro del manierismo ‑porque los manieristas son válidos, supongo… ¿o son descartables, por “más de lo mismo”, como se descartaron los poetas en esta crítica?‑, se quejaba en su tiempo de “la multitud de escritores que, teniendo una pluma, daban por llamarse poetas”, (refraseo libre).  Hoy, con las impresiones digitales a mano, el asunto anda peor. Y, si para suma se le añade el eco que ha tenido Ernesto Cardenal, tras su “Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido…”, que coronó de ingenio la poesía hispanoamericana, y Mario Drummond de Andrade con su “mundo mundo vasto mundo se eu me chamasse raimundo” -ambos poetas muy mal leídos y peor interpretados, a mi juicio, en muchos ocasiones- tenemos unas configuraciones que pasan por poesía sin serlo.  El escrito expone la situación así:
“Por otro lado, precozes “(sic) o decepcionados, que lo erótico, el haiku, la bautade son tan sólo un ingrediente más o un escorzo del poema; que lo contrario ‑el monopolio de ello en el poema‑ es cansón o redundante exhibicionismo.  Todo el mundo es  más o menos inteligente o arrecho.”
La coincidencia de pareceres no podría ser mayor como no lo fuera la alegría de que sigamos, desde diferentes latitudes, diciendo lo mismo. Y es importante que muchos poetas tomen cuenta de esto.
            No obstante, en este punto presento una aclaración que no solo me parece oportuna, sino necesaria. La antología comentada, a la que no relevo de fallas ni aciertos ‑no lo hago, oh petulancia humana, siquiera con Dios‑ presenta otra situación. Este tipo de poesía corta, de ingenio, de haikús o golpes de gracia súbitos, presenta, mayoritariamente, dos logros. En primer lugar, mucha de esa poesía viene, camina en dirección de, presentarse como el noúmeno poético, la esencia, del asunto o tema que presente en su tema. Y dije “viene, camina en dirección de”, porque muchas veces no lo logra, pero su pretensión es valiosa para la poesía y su ejercicio. En ese sentido esta poesía breve se presenta en esta antología: por haber alcanzado el logro de su pretensión.  El segundo reclamo que este tipo de poesía presenta es, y cómo no hacerlo, el dominio del lenguaje que cada poeta debe tener como norte y práctica. Nada más válido. Pero, en la línea de las coincidencias me parece, ya hablando en términos generales, que el abuso de este recurso “es cansón y abundante exhibicionismo”.  Pero anotemos: el uso de estos recursos en la antología viene a presentarse como una de las posibilidades poéticas de algún poeta; no como la expresión total de su poesía; por eso precisamente se antologa, no se totaliza.  No caigamos en la historia del que pide un traje que ha visto en el escaparate y, cuando se lo traen a vender pregunta por el maniquí que lo traía puesto.

            ¿Vallejo? Pues como cualquier otro poeta mayor que se buscara en la antología. Prácticamente todos serían encontrables. Hasta Macedonio Fernández, ¿por qué no?, a la hora de citar poemas de ingenio. Las herencias no son malas lecturas ni desaciertos de la memoria. Yo por mi parte lo doy por bien leído. Ya ven, nos enseñó, como otros poetas nuestros, a escribir con autenticidad y sin miedo.


Para quien quiera referirse a lo anotado por Pedro Granados remito el enlace.

A propósito de cierta poesía puertorriqueña de fines de siglo XX y comienzos del XXI

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