13 de febrero de 2010

Palabras para decir al oído de la Guerrera

Basta la sinalefa para la unión y se dice helio. Inerte esa corona sobre luz que es gas de todas las pasiones. Sábelo sin química: el helio gravita sobre la incandescencia del Sol sin ser nada. Pobre de su compuesto que a todo reacciona para evadirse luego y llegar al frío, el noble gas retorna, siempre, en sino fatal, a su espacio.
Helio, digo, Guerrera, sin mencionar mi nombre, que, como el gas sutil, me aspiro a la nada ante tu presencia mientras tú danzas, como otro Sol, el ritual del fuego. Como el helio que no quiere ser cosa, que no quiere ser nada, que todo lo atraviesa para regresar a sí mismo, Guerrera, yo retorno a mí mismo cuando me pierdo de tus adentros. Y es que no lo sabes, que aún cuando proyecto sombras y erijo paredes, tan sólo hoy, abiertas tus ventanas, helio transmigrado, Guerrera, que te inunda con su presencia.


El helio es el gas más difícil de licuar, y es imposible de solidificar a presiones atmosféricas normales. No se puede solidificar, y su viscosidad es aparentemente cero. Atraviesa fácilmente grietas y poros diminutos e incluso puede trepar por las paredes... Biblioteca de Consulta

Razón de Oriente

A decir del movimiento físico no existe la dirección determinada en ningún sentido en el campo del vacío: arriba, abajo, izquierda o derecha pierden sentido en el cosmos, lo que sería un caso infinito, si no fuera por el movimiento, especular con las referencias de las cosas. Así, existe, tan sólo, el diferendo coordinado, análogo, a nuestro sentido. El camino del cosmos, por ejemplo, se conoce sólo por analogía, por un “es más o menos igual”, en relación a nuestra referencia, el planeta Tierra.
La dispersión de los fragmentos en el Todo, como se supone que se muevan a partir del Big Bang, es casi uniforme. Tras aquella presunta explosión ‑¿quién escuchó su ruido, quién lo atestigua?‑, lógico es que todo fragmento salga hacia todo lugar, pues nada existe para contenerlo. Sin embargo, en relación a lo que es para nosotros el plano de las coordenadas, las ondas de radio con que captamos ese movimiento parecen indicarnos que los fragmentos se dirigen con mayor aceleración hacia el oeste. En otras palabras, que el Big Bang se produjo, en nuestra relación, desde el Este, y su movimiento se acelera hacia el Oeste. Valga entonces lo que Rosacruces, los Iniciados, los adeptos y fraternos decían en sus secretos por todos conocidos: todo viene del Oriente.
A este movimiento llamo Lao Tsé “El Camino”. No la diáspora sin sentido, sino la consecuencia interesada en forma, en origen y causa, y quizá en destino. Lo que no sabemos es cuál es ese destino, si dispersión o contracción, o, lo que es lo mismo, encuentro o pérdida. Porque no sabemos ni atinamos a decir del futuro lo que decimos del pasado. De ayer, salvo olvido, lo afirmamos todo, pero de mañana, salvo locura, no atisbamos nada. Y así decimos Oriente sin atrevernos a decir Poniente.
Pero la posibilidad de decir cosas es infinita, incluso para agotarse. Todo puede ser, conforme el camino de las estrellas y las galaxias. Ellas se alejan aún cuando las ignoremos, y se dirigen a un nuevo encuentro en un otro Big Bang, o la dispersión más fría, avocada, fatalmente, al olvido de la materia.
En razón de esto creo que es mejor citar a quien dio por pensar, sabiendo que todo venía de Oriente, en la sutil semejanza de las cosas. Hermes Trismegisto afirmaba, allá en el siglo V, que como arriba, también es abajo. Es decir, todo tiene su plano de correspondencias y semejanzas.
Conforme a esto, así son las relaciones humanas, la vida frágil, tierna, de lo humano. Nótese sin sorpresa la más sutil de las transparencias: si del rostro de la mujer podemos decir que es su Poniente por ser su parte superior, repárese que Oriente sería el plano bajo desde donde expulsa las criaturas que poblamos el mundo. Y es que, también nosotros, venimos de Oriente, de un big bang pequeño, coartado de partos, que nos trae sobre la Tierra. Y ya aquí, caminando y haciendo gerundios diarios como si las acciones no tuvieran tiempo y fueran infinitas, marchamos, aunque no reparemos en ello, hacia un final indefinido, incierto, paralelo al del Cosmos, del que todo pensamos pero nada sabemos. Somos sin saber hacia dónde. Pero marchamos, caminamos hacia el encuentro o la dispersión, hacia la memoria o el olvido. Porque por lo menos algo sabemos de las cosas y de nosotros: todo viene de Oriente, hasta el amor, y todo marcha a Poniente, como el fuego.