6 de julio de 2018

El asombro que no cesa

El poeta sabe quién se lava los dientes frente a él cada mañana mirándolo desde el espejo y se reconoce en el principio de identidad que lo salva de la locura: es el poeta mismo. Y para mejor reconocerse sabe la tragedia de la melancolía en las tardes y le da el nombre de recuerdo. Presencia y tiempo lo constituyen pero lo hacen con la doblez de la luz: el asombro de ser en sí mientras se está yendo. El poeta vive en lo mismo, ama lo mismo, se decanta contra la fugacidad de lo mismo, pero se asombra, como si siempre las cosas fueran nuevas, como si no fueran a conocer el cambio del mañana. Contradictorio, el poeta se asoma para ver el sol cada mañana porque lo ama y quiere verlo, y, apenas mira el astro se persigna y dice, ¿pero cómo, tú ahí de nuevo?
           
Raro el poeta que se asombra de lo que quiere apresar. Y para no caer en la locura de la contradicción, o cuanto menos para sobrellevarla, la teoriza, le asigna un presunto orden de comprensión y cordura para poder cerrar la boca que permanece abierta mirando las cosas que él mismo ha construido en belleza.
           
El poeta Israel Ruiz Cumba lo hace estableciendo unos teoremas que le permitan comprender en lo posible el asombro del mundo. Del mundo síquico, ese estar interno con que vive, y de ese otro mundo que corresponde a la res que Descartes llamó externa y Heráclito nombró como un río. Da cuenta de estos teoremas en su último libro, Teoremas del asombro.
           
Tan raro como lógico: el primer registro de su asombro es el asombro mismo: la poesía que nos encandila y pasma frente a lo que vemos. En Teoremas del oficio, primera parte del libro su primer teorema viene forzado: es sobre el oficio que llama de escriba, su ejercicio poético. La proposición a esto (que tiene la obligación de ser básica para ser el sostén de lo restante que viene luego) es que se ejerce (el oficio, la poesía) sobre “un fenomenal tapiz”. Esto es, sobre un mucho que es divergente y ordenado en sí mismo (tapiz), y que solo se presenta incidentalmente en el tiempo (fenomenal). Y la aprehensión de ese tapiz efímero se recibe en claridad y en esa misma claridad se apaga por des-lumbramiento:

“Soy aquel que teje ciego con luz…”.
            (p.11)

Y de ahí, de ser ciego por tanta luz cegadora, se deriva en un oficio que se ejerce, forzosamente, sobre un “arte impuro” (no se ve, no se acierta en su comprensión) y se aborda un arte que no es nunca estable pero es siempre el mismo. Pero, aun en la evanescencia e inaprensión el oficio viene forzado:

“Soy la soberana araña
que hila su red en el espejo
y en el tiempo deja estela precaria queriendo ser casa.”
            (p.11)

El teorema parece establecido: el poeta, ciego de luz, “a-sombro”, quiere hacer sobre un mero reflejo (espejo) casa, nostalgia habitable para el entendimiento de lo efímero. Israel Ruiz Cumba encuentra casa en la telaraña de su poesía, porque el poeta vive en el trasluz (para los derrideanos cultos: en la deconstrucción) de la palabra. 

Y no lo hace necesariamente por elección propia, sino que nace destinado a. Y ese es el segundo teorema del oficio. Israel, del pueblo costero de Humacao (para los cultos que necesitan referencia, otro Mediterráneo pero con una historia más íntima y pequeña) quiso ser marino,

“Una vez pensé que mi camino era el mar…
Pero me buscaban los nombres claros,
las palabras oscuras me acechaban…”
                        (p. 12) [énfasis suplido o restado, no sé, el texto está libre de academia]

Y una vez tomado por la vocación irreductible de las palabras, cegado por la luz de las cosas, sobreviene esa gnosis poética que se llama locura. El poema El loco es la rendición de cuentas de la condición del poeta: hago lo que hacen, lo hago como lo hacen, me visto como se visten, pero no parto ni llego de dónde parten o llegan los otros. Y se introduce entonces la otra parte del teorema: la gnosis poética, la locura, que no padece del vicio de ocultarse sino de la desfachatez de mostrarse: el poeta forzosamente visible, de un oficio público, un ser tímido de un oficio audaz.

En el poema Exhortación del loco se hace esta nombradía de fe pública en la gnosis poética:
            “No sé a qué le tienen tanto miedo
            Si yo soy el loco perfecto,
¿no me ven en la mirada perdida
y en el vicio incurable de la escritura”
                        (p 13)

Y entonces, y solo entonces, en medio de la poesía, llega el tiempo como argamasa del oficio: y se establece la tragedia: tomado por la vocación, ciego, difuso y loco por la belleza, de repente te enteras de que vives pero habrás de marcharte.

“De repente el día:
Potro rabioso galopando hacia la sombra.

¿Qué oponerle, en verdad, qué oponerle a su paso?”
                        (p 15)

Y queda rendida la última proposición del teorema. El escriba recibe, para su oficio, el dictado de la belleza que es la disolución en sí misma. El poeta recibe el dictado del tiempo.
Y ya  visto eso, que no es poco sino mucho, Israel dice (se atreve a hacerlo) cuál es la herramienta del oficio de escriba, el poema.

-Disgregación zen antes de mencionar el poema en que lo hace: no explique la belleza de un atardecer. Usted dice algo sobre el atardecer o señala su belleza, pero no la explica, para eso está la tarde. Por lo tanto, no voy a hablar del poema titulado ¿Qué es un poema? No lo voy a hacer. Es demasiado bello. Es un poema “zapata”, es decir, un poema madre, nodriza, puerto, atracadero o despegue, qué sé yo, pero que incluiré en una antología que no estoy haciendo titulada Antología íntima universal de los poemas bellos. Aclarado ese punto cierro la disgregación zen-

Impulsado por los Teoremas del oficio vienen los Teoremas de las formas en fuga. Estos poemas podrían constituir la mejor parte del poemario como no fuera que las demás partes también lo hacen. En la presentación del tiempo y sus expresiones, tema tan de siempre y tan de nunca (la Iliada es la historia de un cansancio, diez años de lucha y ya querían volver a casa) se toma de frente, se establecen teoremas sobre él devenir, aunque no lo parezca, pues el poeta se declara insolvente de palabras frente a un tiempo que lo evapora sin recato. En el poemario (que en su construcción no habrá seguido ese orden) el asombro frente al tiempo se constituye en un cuestionamiento de su imposible no existencia.
El primer poema de esta parte, Teoría del tiempo, se decanta tanto por la inefabilidad del tiempo como tema así como la aceptación física de su inmanencia:

“Si un pájaro,
cualquier pájaro de dos alas pleno…
detuviera su vuelo en la absoluta mitad del aire,
¿qué sería de la tarde
y su destino de sombra?”
            (p23)
           
Esto es, si lo que se define en sí mismo por su movimiento, (un pájaro, no una ave, arrebol de ternura innecesaria contra la tragedia, sino un pájaro en su dureza descriptiva)  se detuviera en el espacio de la acción-vida, se detendría el mismo tiempo, en una imagen en donde el más intrascendente de los relativos, el espacio de vuelo, se torna en absoluto, como si detenernos en el día nos sacara de la vida misma.

-Segunda disgregación zen para el gusto del monje:  ¡qué lástima que el poema no finalice en ese verso y añada dos estrofas luego de esa interrogación fatal!- Aun así, junto al poema de José Luis Vega de Yo soy el Cuervo, es uno de los poemas más bellos de la lírica puertorriqueña en donde se mencionan pájaros de vuelo y será incluido en una antología que no estoy haciendo sobre estas aves. Fin de la segunda disgregación zen.-

Esta segunda proposición de su teorema sobre el tiempo finaliza con una advertencia velada al lector indicándole que los teoremas son poéticos y no matemáticos. Esto, presentado la inefabilidad del asunto tratado:

“¿Qué tendría yo que decir del tiempo
que no fuera
que pasa
y es despiadado
e inmenso
y que ocurre en las cosas más pequeñas e invisibles…?
                                    (p 24)

Las proposiciones de lo inescapable e inefable del tiempo encuentran su punto álgido: el sujeto que mira la forma fugaz y no puede enunciarla con exactitud, también padece de fugacidad. Es susceptible de morir incluso por esa fugacidad. Pero solo susceptible. Porque la muerte en sí misma, como en el caso de Epicuro, una vez que ocurre se deshace. Por tanto la muerte se constituye en teorema poético no en su ocurrencia, sino en la tragedia de su posible eventualidad, es decir, en su conocimiento de evento inescapable resultante del tiempo que se observa. Y ese es el meollo poético que causa asombro. Las formas están en fuga, y poeta va con ellas… y lo sabe.  Y ese pathos que resulta del equilibrio de lo que se está marchando contra el dolor del poeta que quiere su permanencia,  es el nervio central de la proposición:

“Darse soberbio al silencio al que tanto se teme.
No ser más que un músculo rojo que late.
Olvidarse de que tal vez
No se verá nunca más a los que se quiere.”
                        (La fe del que duerme, p. 29)

Incluso la ciudad, que son calles, casas, edificios, a los que ni la física cuántica más osada puede negarles solidez y dureza, también es forma fugaz, y no solo lo es en ella misma y su eventual difuminación, sino como hija de la imaginería de sus transeúntes y como fuente de recuerdos en sus paseantes. La dicotomía del fenómeno que causa el asombro del poeta reside en que el fondo de la ciudad, que es la utilidad y convivencia de sus habitantes, se ampara, precisamente, en la fugacidad de esos habitantes. Y esto resulta, como un círculo vicioso inagotable, en la fugacidad de la ciudad misma: el espectador, al mirarla, la ve desaparecer:

“Ciudad, tú no existes…
Porque tú no existes,
le presto a tu geografía mi pulmón
para que respires
y exista el olor de tus rosas…”
            (Ciudad, tú no existes… p.30)

En esa lírica de la ciudad se presenta el poema de corte impresionista de Las muchachas se ríen en el bar seguido del poema Calle San Sebastián, los primeros poemas escritos en tiempo presente, en un aparente contraste con el segundo, cuyo tiempo es el pasado. Pero, en la línea curva del tiempo ambos estadios son el mismo pues pertenecen al recuerdo.

El poema siguiente, La Sed, como todos los poemas del libro, es un poema en sí mismo. De hecho, todos los poemas de este libro deben leerse y disfrutarse como piezas independientes unas de otras, porque lo son, y en un alto grado. En este poema tratamos con un caballo que, bebiendo nada, cree beberlo todo, y con esa falsa nada se sacia. Visto así, igual puede leerse como la historia de un caballo tonto que como la de un caballo trágico y en ambos casos, como poema, está muy bien logrado. Lo que ocurre es que el poema está engarzado en un libro que lo sobresee. Lo toma para un valor distinto, y se constituye en el valor reflexivo, filosófico, del poema. En este poema la sed es el ansia humana de permanencia que, en apego o desapego, nunca está saciada.

-Tercera disgregación zen. No se afirma que el poeta, ni lo humano en sí mismo, tenga un ansia absoluta de saciarse. Solamente se dice que no se sacia pero atraviesa el espejismo de hacerlo. El teorema del poema evoca la tragedia declarada en el Eclesiastés: Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin. Eclesiastés 3:11, esto es, la hermosura de la fugacidad se posee desde la contradicción de ser observada por una criatura que posee la eternidad en su corazón [también mortal])-

To be or not to be es una gran cuestión, pero lo lamento, El caballo de Heráclito, poema siguiente que bien valdría como horma para la construcción de poemas cortos, la supera. La solución de la fugacidad del tiempo en medio precisamente de no solucionarlo, es un poema que no debe leerse mucho: también la cordura tiene su valor aunque sea funcional.

“El caballo bebe ansioso del móvil cristal del río
y se va.
El río besa ansioso los belfos sedientos, enfebrecidos,
y se va.

¿Cuánto del río se va en el caballo;
cuánto del caballo en el río se va?”
                                                (p 36)

Dudas y deseos de Pegaso joven, poema excelente en tanto poesía, es, en razón del plano filosófico del libro, la concatenación lógica a la que debe llegar el asombro ante el tiempo: lo estático, aunque bello, quiere probarse en el movimiento mismo que habrá de traicionarlo.

Un tercer asombro hay. El del amor y su presencia. Si ya el libro ha oscilado entre el asombro del mundo interno (oficio) y el externo (tiempo), ahora descubre el punto que los ata, el apego o amor, eterno o efímero, según sea del corazón o del orificio diría el poeta. Pero ese amor que se mira con asombro se presenta vasto y extenso y cubre varios estadios del ser sin aparcelarse perennemente en ninguno.

Los Teoremas de la Summa Amatoria, tercera parte del poemario, parten con un denso verso de Gonzalo Rojas a manera de epígrafe, ¿Qué se ama cuando se ama? Tanto el título como el epígrafe, uno, la Summa, como la de Aquino, para tratar de totalizar lo inefable, y el otro, el epígrafe, para sugerir que todo amor es trascendente a sí mismo y quien ama una mujer o un hombre ama el cosmos y sus consecuencias, anuncian que el asombro ante el amor es una constante vivencial del poeta.

El primer texto, prosa o verso largo y encadenado (la distinción no me es clara ni necesaria), La felicidad, sitúa al poeta en una niñez eterna al referirse a un tiempo pasado que no fue mejor sino permanente por lo acogedor de la memoria que evoca. El texto se construye sobre la inocencia de la imaginación, de la apetencia buena de los sentidos gustativos y sexuales, y de los retazos de soledad de un niño que mira al mar excluido de la posibilidad de participar en los deportes comunes de los otros niños por su falta de habilidad. El niño, así puesto, es todo pulso quieto, un dínamo adocilado que, en medio de su despertar (aun ignorando que despierta), se solaza, en medio de su voy y me quedo, en un túnel de bondad que se cobija bajo el eslogan de un hombre bueno llamado Pacheco que le repite “Felicidad empieza con la ‘F’ de Fillers, quédate en tu niñez.”

-Cuarta disgregación zen. Al monje le encanta el poema y lo embarga de una sinestesia de luz, calor y olor a sal total-

Los siguientes poemas, ¿La mirada es el espejo del alma?, Viendo la película Cinema Paradiso, Milagro de este viernes, Añoranza del paraíso, Habla el hereje enamorado, Intuición de un adiós, danzan alrededor del amor como nostalgia de las cosas,  y como deseo, descubrimiento y encuentro físico del otro. La proposición aquí es clara: no hay proposición ninguna que no sea la aceptación y el solaz de lo que ocurre. El amor está ahí, creando goce y memoria y, de alguna manera, burlando al tiempo de la mortalidad humana.

En Milagro de este viernes la proposición de que el amor es una totalidad cuya característica principal es poder particularizarse, cobra vigencia. La poesía como cobertura (embodiment) o representación del amor  es,  a su vez, tomada por una representación visible, concreta, que la asume: la mujer. El poeta, que no reduce su asombro a una sola expresión del amor sino que reclama la amplitud de su trascendencia, no por ello declina el encuentro físico amoroso donde ve solaz y trascendencia a un tiempo. La única Summa o totalidad presente en el mundo de los sentidos.

-Quinta disgregación zen. Ni el budismo tántrico ni el Kama Sutra del kundalini son lectura obligada. Pueden intuirse en poemas como este.-

El próximo poema, Salvando el polvo, trabajado en esa forma que llamamos poema es una escuadra excelente. Debería estar incluido en una antología del poema con humor -no tienen que ser humorísticos- en Puerto Rico.

Casi como cosa obligada los poemas de cumpleaños son expresiones tristes. En Israel Ruiz Cumba no es para menos. La reflexión ante el paso del tiempo no se hace para la auto congratulación, sino porque de alguna manera nos sentimos en débito con la vida. Cumpleaños número 45, el siguiente poema, es, desde esa expresión, un punto de equidistancia entre los recuerdos y la esperanza en medio del sopor que da el paso del tiempo. ¿De qué se asombra aquí el poeta? De nada. ¿Cuál es la proposición del poeta? Ninguna En medio del camino solamente está lo que estuvo en su partida: la escritura y la espera.

Antecedido por el poema Conjuro de amor se presenta entonces Confesión del egoísta, donde el poeta, detenido en el punto de su media vida, ese cruce donde pasado y futuro se sueñan iguales, mira, con asombro o sin él, que su soledad íntima y dolorosa se ha establecido como tema ineludible en su quehacer poético.
“Yo hubiera querido ser de otro modo, escribir cosas más relevantes para lo humano. Ser alegre y no hablar tanto de  mí mismo. En verdad que hubiera querido decirles cosas de apretada casa junta como me vi tentado a hacerlo.”
            (p 57)

Sin embargo, visto el amor que el poeta ha mostrado por sus cosas en los anteriores textos el lector no puede estar seguro de que el poeta haya querido apasionadamente tener una expresión poética distinta a la de su dolorido sentir. Todos los textos, incluida la Confesión, indican que es precisamente esa soledad lo que le brinda la hondura poética a Ruiz Cumba… y esa fatalidad no puede renunciarse.

El último poema explica en lo obvio por qué la Summa es Summa, o por qué el Todo es el Todo. Poesía, tiempo, vida, mujer, amor, muerte, todo es un mismo depósito en la inevitable disolución de las cosas. Visita de la muerte (monólogo), hermoso y doloroso poema, es el teorema que no se resiste a sí mismo. La entrega. El asombro que se abuele a sí mismo.  Recibiendo a la muerte como a su amada le dice,

“Como fiel amante tendré que destruirlo todo
Para que no haya nada ni nadie antes o después de mí.”
(p 58)

Y está dicho, es el último poema.


La historia de la lírica puertorriqueña está por hacerse, incluso en un país como el nuestro de variadas antologías. Todavía no se escrito nada más épico que el romance castellano. Dar cuenta de sí, volcarse, es dar cuenta del mundo. Este libro lo hace. Da cuenta de un poeta y con esa cuenta, de un mundo y un entorno. Esa antología, que desmoche falsedades y falsos dolores y padecimientos que más reales serían si no fueran proclamados buscando reconocimientos, me tienta. La última ocasión en conversarla, para que queden las cuentas claras, fue con el poeta Jan Martínez. Si un día se hiciera los poemas de Israel Ruiz Cumba serían obligados.
Libro de poemas que se lee dos, tres veces y más, es poesía.  Este es uno de ellos.


Que valga el juicio de la lectura un viernes, a 6 de julio de 2018

Vale 
Gilberto Hernández

27 de febrero de 2018

Poema


(Porque confesó que tras el 9-11 padeció una crisis existencial en la que se cuestionó la utilidad de su oficio)

Bernie Williams no sabe que es un domingo.
Enfundado en su ropa, cree que es un pelotero
y que su oficio es correr bases.
No sabe que es una tarde de radio,
una noche en la avenida,
un día largo de playa,
y que a veces es una jarra de cerveza en la mesa de dominó.
Puesta su gorra, Bernie Williams cree que es un pelotero.

No sabe, insisto, que fue el día de ayer y el año pasado.
Que fue la tarde aquella en que te esperé en el hospital.
La infausta noche en que se hirió mi hijo,
la broma que le hice a mi padre cuando supo que había perdido su equipo.
Sencillamente, Bernie cree que es un pelotero,
y no sabe que es esa cosa que llamamos tradición
eso que hace más dulces y amorosas nuestras monótonas vidas.

9 de febrero de 2017

A propósito de cierto propósito/ Gilberto Hernández Matos













Pareciera que toda expresión sobre poesía puertorriqueña, más o menos de siempre, (la expresión, digo, que no la poesía) no puede brindarnos más que por milésima vez‑ tópicos y lugares comunes en el remedio simplista de remontarse a los mismos textos (valiosos) y luego darlos como únicos.  En esta ocasión se añade, no obstante, una pretendida objetividad en la apreciación de nuestra poesía. El escrito titulado "A propósito de cierta poesía puertorriqueña de fines de siglo XX y comienzos del XXI" adjudica sus tópicos y lugares comunes al acontecer poético de "casi toda América Latina". Esta aludida objetividad es parca: no revela qué parte de América Latina ocupa el espacio de ese "casi" vindicado en la vía de la excepcionalidad. Pero no importa, la mención de Puerto Rico nos atañe a nosotros.
La antología cabalga, nos dice el autor del escrito, entre los textos que canoniza en su imaginario (aunque no  necesariamente sean, aclara, palpitantes, o vivos o necesarios, -supongo que no es una canonización a lo Harold Bloom), y textos que son, en su fondo, la expresión de un sujeto y sus reducidas (el calificativo es mío) dimensiones personales. Esto es, el elemento lírico biográfico. Esa habla lírica es, dice, un fantasma que recorre Madrid y lo que llama "nuestra región", que, al igual que el “casi” anterior se presenta sin definir.  Esto es, la antología, salvo el canon invocado (incluso con un valioso poeta que por cuestión de edad no está antologado), es la construcción de un lirismo sin mérito épico alguno que el de un monótono "yo" del que se dice ‑no sabemos a qué cuento‑, que, si no es parido, es empujado por un Neruda,  que, sofocado en su propia historia personal, lo endilgó a sus influenciables lectores poetas.  Pues bien,  a mí,  que siempre me ha parecido que La Iliada es un hermosísimo canto lírico aderezado de nostalgia de unos hombres que se llamaron Homero, y la clasificación de “épica” un estado forzoso de los taxidermistas literarios, no me viene a cuento el reparo que se hace en este escrito. De hecho, sin adscribirme a escuelas de crítica es pertinente recordar que el estructuralismo, desde su modalidad francesa hasta Barthes y sucedáneos, entendían que toda la lingüística del entorno convergían en ese pobre y triste “yo” que podía presentar un solo y escueto poema. La famosa estructura era, en su primer término, el habla de la sociedad toda sobre el escritor. Claro está, el "yo" no es la única expresión poética, pero ha sido, por su condición lírica precisamente, por su falso carácter unitario, la configuración épica de nuestros tiempos.  Y eso ha sido así porque tras la revolución industrial y el advenimiento de las masas el fenómeno multitudinario solo resiste su otredad en el sujeto particular que se le revela como única antítesis posible: el yo como sujeto lírico. Por eso On te road, de Jack Kerouac, es una épica, aunque trate de un individuo que está viajando en su vehículo convertible. Por eso las expresiones épicas más altas de los últimos siglos (y que se preparen los venideros para no superarlo) encontraron su asiento en el lirismo encendido en Walt Whitman  y Charles Baudelaire.
            Pero a la otra mejilla le corresponde un gran acierto en este escrito, aunque no me parezca que sus expresiones cobren pertinencia en relación a la antología comentada. Me refiero a la mención hecha de esa mala costumbre que se trata de pasar como una cuestión literaria de mérito: la creación literaria, el poema concretamente, practicado como un ejercicio de forzada cuenta lírica que solo sirve para llenar páginas, así como facturar frases de ingenio como expresiones poéticas. Pero estas son cosas que no pueden decirse sin más ni más.
            Compadezco a Fernando de Herrera, “el Divino”.  El maestro del manierismo ‑porque los manieristas son válidos, supongo… ¿o son descartables, por “más de lo mismo”, como se descartaron los poetas en esta crítica?‑, se quejaba en su tiempo de “la multitud de escritores que, teniendo una pluma, daban por llamarse poetas”, (refraseo libre).  Hoy, con las impresiones digitales a mano, el asunto anda peor. Y, si para suma se le añade el eco que ha tenido Ernesto Cardenal, tras su “Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido…”, que coronó de ingenio la poesía hispanoamericana, y Mario Drummond de Andrade con su “mundo mundo vasto mundo se eu me chamasse raimundo” -ambos poetas muy mal leídos y peor interpretados, a mi juicio, en muchos ocasiones- tenemos unas configuraciones que pasan por poesía sin serlo.  El escrito expone la situación así:
“Por otro lado, precozes “(sic) o decepcionados, que lo erótico, el haiku, la bautade son tan sólo un ingrediente más o un escorzo del poema; que lo contrario ‑el monopolio de ello en el poema‑ es cansón o redundante exhibicionismo.  Todo el mundo es  más o menos inteligente o arrecho.”
La coincidencia de pareceres no podría ser mayor como no lo fuera la alegría de que sigamos, desde diferentes latitudes, diciendo lo mismo. Y es importante que muchos poetas tomen cuenta de esto.
            No obstante, en este punto presento una aclaración que no solo me parece oportuna, sino necesaria. La antología comentada, a la que no relevo de fallas ni aciertos ‑no lo hago, oh petulancia humana, siquiera con Dios‑ presenta otra situación. Este tipo de poesía corta, de ingenio, de haikús o golpes de gracia súbitos, presenta, mayoritariamente, dos logros. En primer lugar, mucha de esa poesía viene, camina en dirección de, presentarse como el noúmeno poético, la esencia, del asunto o tema que presente en su tema. Y dije “viene, camina en dirección de”, porque muchas veces no lo logra, pero su pretensión es valiosa para la poesía y su ejercicio. En ese sentido esta poesía breve se presenta en esta antología: por haber alcanzado el logro de su pretensión.  El segundo reclamo que este tipo de poesía presenta es, y cómo no hacerlo, el dominio del lenguaje que cada poeta debe tener como norte y práctica. Nada más válido. Pero, en la línea de las coincidencias me parece, ya hablando en términos generales, que el abuso de este recurso “es cansón y abundante exhibicionismo”.  Pero anotemos: el uso de estos recursos en la antología viene a presentarse como una de las posibilidades poéticas de algún poeta; no como la expresión total de su poesía; por eso precisamente se antologa, no se totaliza.  No caigamos en la historia del que pide un traje que ha visto en el escaparate y, cuando se lo traen a vender pregunta por el maniquí que lo traía puesto.

            ¿Vallejo? Pues como cualquier otro poeta mayor que se buscara en la antología. Prácticamente todos serían encontrables. Hasta Macedonio Fernández, ¿por qué no?, a la hora de citar poemas de ingenio. Las herencias no son malas lecturas ni desaciertos de la memoria. Yo por mi parte lo doy por bien leído. Ya ven, nos enseñó, como otros poetas nuestros, a escribir con autenticidad y sin miedo.


Para quien quiera referirse a lo anotado por Pedro Granados remito el enlace.

A propósito de cierta poesía puertorriqueña de fines de siglo XX y comienzos del XXI

12 de agosto de 2012

En memoria de Arnaldo Sepúlveda

 
Bueno, posiblemente se trate de la palabra, querida, apetecida o forzada. Pero cumplió con ella, con su palabra, porque la quiso, o porque la tuvo forzada. Arnaldo Sepúlveda ha muerto. A su edad. A la edad de morir, como decía. A su fecha, como tantas veces me aseguró, pues, a que en los últimos tiempos, cuando ya cedí a creerle, comencé a pedirle que no lo hiciera. Que no me parecía literatura sin sentido aquello de “No se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más no más, ni otras manos le acaben que las de la melancolía.” Pero quizá, ya al fondo de las cosas, no se haya dejado morir sino que otras manos, las propias cuando se alejan, le hayan matado.
Hicimos estudios en el 84 en el Centro de Estudios Avanzados, allá en Casa Blanca. Desarrollamos la amistad que se da entre el locuaz y el silencioso, esto es, el disfrute ajeno que acerca y hermana. Un día, recuerdo, llegó con prisa a decirme que con igual prisa se marchaba. A Nueva York, donde tenía amistades provenientes del grupo Rácata, del que había formado parte, y respondiendo a un amor exigente que reclamaba su presencia, la que más tarde pasaría a ser su “Popa” en uno de sus libros. Y se marchó.
No sé cómo, ni recuerdo por mediación de quién, pudimos contactarnos, esta vez él advirtiéndome que el libro “Sangre y Clamor”, que se presentaría en San Juan, no podía ser representativo de su poesía y que él no avalaba la presentación del mismo mientras él se encontraba en Nueva York. No obstante, esa noche acudí a la presentación y disfruté lo que pude de la misma: cuando se enteró me dijo que no le importaba mi acción indisciplinada a su amistad, con tal de que no gustara del libro. Pero había un poema escrito sobre la caída del franquismo que en aquel momento, y en este, lo tomé y tomo por bueno.
Nos encontramos años después. Tras la publicación de “El libro de sí” por el Instituto de Cultura. Había dejado sus labores de traductor en el Tribunal Supremo y comenzó un periplo de visitas a mi trabajo donde me buscaba para ir a almorzar o a tomar un café en el Starbucks de la calle Tetúan. Allí me entregó los manuscritos de sus libros y me comentaba de los ángulos, espinosos y tristes, de su personalidad introvertida. Partió a Guatemala, a visitar a su hermana y a su sobrina y llegó renovado, pero más convencido que nunca de las fechas de su calendario. Muchas que tantas le pedí que se dejara de tonterías pero él insistía: donde la salud no me tome, lo hará la melancolía. Estaba desencantado del ambiente literario del país y de lo que entendía eran golpes dolorosos recibidos. Le acomodaba, decía, que no me importara nada de eso, y que de alguna manera ambicionaba alcanzar esa actitud “búdica” que me atribuía. Lo hizo, yo sé que, allá en el Hudson tiene que haberla alcanzado.
Hay personas que cuentan sus risas y los motivos para darlas. Arnaldo era una de ellas. Conversamos de todo, pero también rio de todo ello. De su amada hermana, de su hija sobrina, de los amigos idos, y los amores buscados. Con sus textos en mis manos, el dolor, su acerado tono agrio, o bien del que tome por bueno llamarlo odio, no intervine siquiera en sugerencia o parecer, con sus filosos apuntes de sus recuerdos literarios, los que, decía, alguna vez le habían dolido. Pero reía, anoto, apunto que, con todo y casi por todo, reía.
Hace un tiempo, semanas, meses, no sé, me dirigía hacia Río Piedras, cuando un transeúnte que caminaba por una de las aceras de la avenida Fernández Juncos, se me pareció a Arnaldo. No puedo precisar si era él. Temí detenerme. Hacía años que Arnaldo no escuchaba. Un grave impedimento auditivo le había minado esa facultad. Y, una mañana, mientras desayunábamos, no sé qué dije, y no sé tampoco qué él escuchó. Lo cierto es que mientras más trataba de aclararle, más se perdían los conceptos y con ellos, nuestra amistad. Dejó de hablarme, de pasar por el trabajo y, en consecuencia, de decirme de sus cosas. Cuantas veces traté de contactarlo, enganchaba su teléfono.
Encontrábamos el título de “Sangre y Clamor”, demasiado castizo. Pero, a fin de cuentas, así son las profecías. Pura sangre y clamor. Hoy, como siempre, cumplió. Estableció su profecía, y como único sacerdote de creencias, cumplió con su fe yéndose de este mundo. No sé qué palabra dije, no sé qué escuchaste, Arnaldo, pero si ambos estamos equivocados y existe una vida después de esta, escucha la palabra que debí decirte en aquel momento. Te quiero, hermano, te quiero.

5 de julio de 2012

Fragmentos de los poemas de Eva 299



Eva
          
Nacida de instante, eres tiempo,
un ahora inmediato y frágil para decir súbita,
eterna, presente incontenido.
Vienes de mí mismo,
de la fragua de mi soledad tuve que forjarte.
Mañana tomarás del fruto y yo,
aún en la pérdida de todo paraíso,
sé que tendré que acompañarte.

Laberinto
 
Ariadna,
suave reposas en el centro al que extraviado me dirijo. 
En una esquina solitaria, en una ladera de cada espacio,
en una fortuna del momento.
Todo es espiral sin centro en esta curva del encuentro. 
Ariadna, de tus voces que dicen mañanas
a mis ojos que vieron ayeres
cada pared está hecha de tiempo,
de arena sutil que desangra desde la llegada su partida.
Minotauro temeroso,
huyo del laberinto en el que,
centro de mí mismo, me esperas,
y en cada giro de escape
el rediseño de tu memoria me llama hacia ti.
Avanzo con cautela planificando mi huida
y dejo tras de mí un hilo de escape que,
vuelto a recorrer para recuperar mi extravío,
sé que también me llevará a tus brazos. 

10 de enero de 2012

13 de febrero de 2010

Palabras para decir al oído de la Guerrera

Basta la sinalefa para la unión y se dice helio. Inerte esa corona sobre luz que es gas de todas las pasiones. Sábelo sin química: el helio gravita sobre la incandescencia del Sol sin ser nada. Pobre de su compuesto que a todo reacciona para evadirse luego y llegar al frío, el noble gas retorna, siempre, en sino fatal, a su espacio.
Helio, digo, Guerrera, sin mencionar mi nombre, que, como el gas sutil, me aspiro a la nada ante tu presencia mientras tú danzas, como otro Sol, el ritual del fuego. Como el helio que no quiere ser cosa, que no quiere ser nada, que todo lo atraviesa para regresar a sí mismo, Guerrera, yo retorno a mí mismo cuando me pierdo de tus adentros. Y es que no lo sabes, que aún cuando proyecto sombras y erijo paredes, tan sólo hoy, abiertas tus ventanas, helio transmigrado, Guerrera, que te inunda con su presencia.


El helio es el gas más difícil de licuar, y es imposible de solidificar a presiones atmosféricas normales. No se puede solidificar, y su viscosidad es aparentemente cero. Atraviesa fácilmente grietas y poros diminutos e incluso puede trepar por las paredes... Biblioteca de Consulta