13 de febrero de 2010

Palabras para decir al oído de la Guerrera

Basta la sinalefa para la unión y se dice helio. Inerte esa corona sobre luz que es gas de todas las pasiones. Sábelo sin química: el helio gravita sobre la incandescencia del Sol sin ser nada. Pobre de su compuesto que a todo reacciona para evadirse luego y llegar al frío, el noble gas retorna, siempre, en sino fatal, a su espacio.
Helio, digo, Guerrera, sin mencionar mi nombre, que, como el gas sutil, me aspiro a la nada ante tu presencia mientras tú danzas, como otro Sol, el ritual del fuego. Como el helio que no quiere ser cosa, que no quiere ser nada, que todo lo atraviesa para regresar a sí mismo, Guerrera, yo retorno a mí mismo cuando me pierdo de tus adentros. Y es que no lo sabes, que aún cuando proyecto sombras y erijo paredes, tan sólo hoy, abiertas tus ventanas, helio transmigrado, Guerrera, que te inunda con su presencia.


El helio es el gas más difícil de licuar, y es imposible de solidificar a presiones atmosféricas normales. No se puede solidificar, y su viscosidad es aparentemente cero. Atraviesa fácilmente grietas y poros diminutos e incluso puede trepar por las paredes... Biblioteca de Consulta

Razón de Oriente

A decir del movimiento físico no existe la dirección determinada en ningún sentido en el campo del vacío: arriba, abajo, izquierda o derecha pierden sentido en el cosmos, lo que sería un caso infinito, si no fuera por el movimiento, especular con las referencias de las cosas. Así, existe, tan sólo, el diferendo coordinado, análogo, a nuestro sentido. El camino del cosmos, por ejemplo, se conoce sólo por analogía, por un “es más o menos igual”, en relación a nuestra referencia, el planeta Tierra.
La dispersión de los fragmentos en el Todo, como se supone que se muevan a partir del Big Bang, es casi uniforme. Tras aquella presunta explosión ‑¿quién escuchó su ruido, quién lo atestigua?‑, lógico es que todo fragmento salga hacia todo lugar, pues nada existe para contenerlo. Sin embargo, en relación a lo que es para nosotros el plano de las coordenadas, las ondas de radio con que captamos ese movimiento parecen indicarnos que los fragmentos se dirigen con mayor aceleración hacia el oeste. En otras palabras, que el Big Bang se produjo, en nuestra relación, desde el Este, y su movimiento se acelera hacia el Oeste. Valga entonces lo que Rosacruces, los Iniciados, los adeptos y fraternos decían en sus secretos por todos conocidos: todo viene del Oriente.
A este movimiento llamo Lao Tsé “El Camino”. No la diáspora sin sentido, sino la consecuencia interesada en forma, en origen y causa, y quizá en destino. Lo que no sabemos es cuál es ese destino, si dispersión o contracción, o, lo que es lo mismo, encuentro o pérdida. Porque no sabemos ni atinamos a decir del futuro lo que decimos del pasado. De ayer, salvo olvido, lo afirmamos todo, pero de mañana, salvo locura, no atisbamos nada. Y así decimos Oriente sin atrevernos a decir Poniente.
Pero la posibilidad de decir cosas es infinita, incluso para agotarse. Todo puede ser, conforme el camino de las estrellas y las galaxias. Ellas se alejan aún cuando las ignoremos, y se dirigen a un nuevo encuentro en un otro Big Bang, o la dispersión más fría, avocada, fatalmente, al olvido de la materia.
En razón de esto creo que es mejor citar a quien dio por pensar, sabiendo que todo venía de Oriente, en la sutil semejanza de las cosas. Hermes Trismegisto afirmaba, allá en el siglo V, que como arriba, también es abajo. Es decir, todo tiene su plano de correspondencias y semejanzas.
Conforme a esto, así son las relaciones humanas, la vida frágil, tierna, de lo humano. Nótese sin sorpresa la más sutil de las transparencias: si del rostro de la mujer podemos decir que es su Poniente por ser su parte superior, repárese que Oriente sería el plano bajo desde donde expulsa las criaturas que poblamos el mundo. Y es que, también nosotros, venimos de Oriente, de un big bang pequeño, coartado de partos, que nos trae sobre la Tierra. Y ya aquí, caminando y haciendo gerundios diarios como si las acciones no tuvieran tiempo y fueran infinitas, marchamos, aunque no reparemos en ello, hacia un final indefinido, incierto, paralelo al del Cosmos, del que todo pensamos pero nada sabemos. Somos sin saber hacia dónde. Pero marchamos, caminamos hacia el encuentro o la dispersión, hacia la memoria o el olvido. Porque por lo menos algo sabemos de las cosas y de nosotros: todo viene de Oriente, hasta el amor, y todo marcha a Poniente, como el fuego.

22 de enero de 2010

Descomposición del mar
Gilberto Hernández Matos


El mar no es agua. No filtra ríos desbocados que tropiezan en el abismo. No humedece arenas aceradas de sol, porque el mar no existe. Por eso no asfixia bocas que inmersas piden aire como llanto ni bate blanquecino su humedad sobre las piedras. Es sal, el mar. Tan sólo sal. Un sabor ocre que se escapa de sí mismo escondiéndose de su luz. Una tristeza detenida en granos que se sumerge hasta lo invisible. Un escondite es el mar. El escondite de la sal que llora el mundo.

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Porque ha sido mejor el olvido

o recordarnos a veces sin que nadie lo sepa.
Porque de todos modos te hice daño
con este amor que desconocía el odio,
y porque aquello era difícil
aún en la mejor de las historias
y, de vez en cuando, admítelo,
soñábamos en secreto con el escape.
Porque llorábamos mucho en las tardes
y empujamos al llanto
a todo el que apostó su cariño a nosotros.
Porque las cosas son así, jodidas y tiernas
y uno no se escapa de su propio destino.
Porque sí
y porque no,
y porque qué carajo
y qué más da,
fue mejor que te marcharas,
que yo te recordara cuando cruzo las calles,
que tú leyeras a veces poemas como este.


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Pero la felicidad de un lugar conoce el hombre.
El lugar donde una vez dijo esta es mi casa,
donde ningún demonio se atrevió a buscarlo en la noche,
donde unos brazos ceñidos a su cuello
le dieron el primer consuelo.
La felicidad de una calle en que jugó de niño,
de algún cuarto donde miró extasiado la lluvia caer.
De ese sitio fuera del mundo
donde alguien se entregó a su pecho para protegerlo.
De ese rincón no deberá salir nunca,
no deberá bajar la escalera por donde una vez subió a la dicha.
Perdido, conocerá entonces el exilio.
Por las ciudades que camine llevará su cuerpo abandonado,
por las aceras que transite paseará al aire sus miserias,
y en las multitudes que se encuentre desnudará impune
su soledad.

No debe errar el hombre.
Debe abrazar contra el pesado hastío
las horas de su nostalgia,
rememorar desde su silencio
las paredes de su verdadera casa.
Debe recordar siempre
el terrible lugar donde transcurrió su infancia.

21 de enero de 2010

Poemas de la Estación
Gilberto Hernández Matos

1
Tras el paréntesis oscuro de la lluvia
los colores aceran su resplandecencia
naciendo de nuevo el mundo.
Transcurrido el giro del agua
la dureza reclama su falsa inmanencia
diciéndose eterna.
La calle enhiesta su brillosa costumbre de enlace
para el paseante inconsecuente de caminos.
Caído el aguacero,
la erguida esfinge del mundo amanece.
Empuñado el abrigo
continuamos nuestro paso
por la ciudad
hacia una estación que nos espera para llevarnos al otro cielo.

2
Asoma a la luz tierna un gris que se abre
como una lámpara a medianoche.
De espacio húmedo es su mirada contra
nuestro paso ausente.
Todavía la disolución del agua
besa nuestro labio enardecido.
Siempre algo se marcha,
la lluvia o el acaso,
y uno camina, hacia la otra acera,
un poco más triste.

3
Tarde, 2:10 pm
Los trenes visten de acero.
Su implacable marcha corre reló exacto
de olvidos y desencuentros.
Acaso ya no nos encontremos nunca.
Un minuto de extravío
y observo a lo lejos una partida
que ya nunca me llevará a ti.
En algún lugar,
ya la puerta abierta,
tú mirarás mi ausencia bajar
los andenes
mientras yo te espero, mal ilusionado,
sin retorno.

4
Como intentando abrazarnos recorremos
estas calles.
Toda ciudad es un abrazo fragmentado,
sus paredes, tapices de cemento,
corren al albor de sus habitantes
coartando sus encuentros.
Nosotros lo sabemos,
pero aún así, venteamos la ternura
recorriendo sus laberintos.

5
Este tren pasa antes de llegar.
Ya se ha marchado cuando llego
a sus estaciones.
Nunca está,
nunca lo encuentro
cuando ansioso
procuro alguna llegada.

6
Siempre te veo en estas estaciones.
El paso acompasado de tu paraguas
bajo tu hombro
y alguna revista caída en reposo
sobre tu falda.
Alguna risa desmemoriada a mi rostro
que ves ya como un afiche mañanero.
De tu vida conozco acaso
lo más hermoso,
tomas el tren cada mañana
y sales, luego que yo me he ido,
hacia algún lugar desconocido.

7
Ha llegado, como una costumbre siempre nueva,
el tren contra la tarde.
De una de sus puertas bajo
como siempre,
en el adiós de otro sueño.
Mañana correré contra la lluvia
rehaciendo un sutil y falso encuentro.
El libro de los viernes de Gilberto Hernández Matos
Ángel M. Encarnación

Con esta obra Gilberto Hernández, poeta puertorriqueño representante de la generación del setenta, nos somete a una poesía dialógica, profundamente dialógica y absorta en esa estructura, junto a otros quehaceres poéticos y las filosofías que estos sistemas arrastran tras de sí. Edgard Allan Poe, Baudelaire, Mío Cid, Ezra Pound, T.S. Elliot, Drummond de Andrade, Vallejo, Corretjer, Pessoa, Neruda, Borges, Darío, Soto Vélez, Rivera Chevrermont y tantos otros entran en un delirante conversatorio poético que nos cautiva, nos embriaga, nos confunde, nos engaña, nos convierte, ganándonos.
Tal vez sea una colección de libros. Sus partes nos dan ese indicio: "Poemas del héroe," p.6-54; "Poemas de la caída," p.54-69; "Memoria," p. 70-100; "Lo que nos queda," p. 101-25; " Días," p. 125-50; "Estaciones," p. 151-60; " Lluvia," p. 161-67; " Húcares," p.169-175; " Interludio," p.176-77; " Prosas de la necesidad," p. 178-83; " Río Piedras, ciudad que transito," p.184-208. Da lo mismo que sean varios libros o que sea sólo uno, su unidad es total; es igual la densidad; es igual el ritmo, el sometimiento a sorpresas constantes, la vaguedad, la atmósfera que se los recrea. Nos preocupa que entremos a un libro laberíntico del que no se puede salir con facilidad. Nunca sabremos cuándo se compuso la obra, ni alguna de sus partes, ni si somos parte de un truco que exhibe una aparente densa unidad y afán de coherencia para renunciar a ello a favor de la iconoclasia y la aleatoriedad.
Su primera división habla del héroe; éste solamente puede ser el que soporta el hastío de la vida actual, el que insiste en tener un nombre y vivir a pesar del vacío que intoxica, el que a pesar de todo aquello, no se ajusta a la miseria diaria, pero insiste en salir a la calle, esperando un cambio en el orbe en el que parece que la inteligencia ha muerto, que el saber y el arte son piezas en extinción. Hay que sortear el azar, el dolor, la sorpresa, el horror, la vergüenza, pero sobre todo, el hastío de ver en las mañanas que todo sigue igual. En esto consiste ser héroe:


Todo hombre mira asustado a su alrededor
cuando alguien grita fuego,
o cuando algo, como una piedra
golpea la pared de su conciencia.
(p.12)
Es saber morir dice, con Santo Tomás de Aquino; reconocer su crimen, con Oscar Wilde; apostar al pequeño David en contra del monstruoso Goliat: "Los héroes modernos tenemos la triste desgracia/ de no ser héroes/ de ser indiferentes transeúntes/ a los que nadie les reconoce su gesta," (p.19). Es el poeta el que se compara al David, el que pasa indiferente y nadie le reconoce su gesta, porque todo se pierde en un maremagno de palabras y poderes en recuerdos de gestas del medioevo, al lado del cine, la Internet y el tiempo, que sobre todas las cosas está entre lo más doloroso como el reconocimiento de que la mentira y el olvido es lo único eterno. El tiempo se encarga de probarlo y Gilberto, poeta maldito, shaman de la palabra que logra el encuentro entre los vivos y los muertos en su orbe lingüístico, se encarga de recordarlo.
Ciertamente se necesita se héroe para seguir viviendo y conservar el talento, amar el conocimiento, tener esperanza. Esta ha sido la constante humana que esta poesía descubre. Siempre existen esas fuerzas que dominan, que se encargan de anular el talento. Hernández se propone reconstruir el Génesis para comprobarlo, obligar la paloma a que regrese al arca (p.32) para celebrar otras formas y otras cualidades en héroes como Moisés, (p.33), Judas (p.34), San Pablo (p.35); a reconstruir una vez el ideario.
El conflicto está en los resultados ante la inutilidad, ante las tronchadas ilusiones, la fugacidad de los momentos de triunfo, las ansiedades perdidas, el peso del recuerdo. Entonces se descubre otro héroe en el que finge ilusiones, ansiedades, para cumplir su papel, quedando solo, sin fe. No puede haber heroísmos sin contradicciones, conflictos internos insalvables.
El tono conminatorio, sentencioso, retórico, confesional, conversacional, discursivo, se complementa constantemente con el final apocalíptico que domina y arrasa lapidariamente. Su afán es hacernos sentir que escuchemos un infortunio encarnado: el ser humano contemporáneo capaz, consciente, ajeno de ideologías, pero producto de ellas. Nada hay más triste en el fondo de estas verdades.
El libro de los vientos es otra búsqueda que, como la anterior desea descifrar al ser, esa multitud en espera de su nombre," (p.35), el hombre que se asea en las mañanas "como si aseara a dos hombres," (p.56), el que "cayó herido con su propio puñal de esperanzas," (p.61). Aquí hay un mal peor que todos los males: la fuerza de la costumbre. Esta es la maldición obtenida con la caída:

Cotidiana
Este es el puente que uso para mirar mis tristezas:
unos cabellos que fueron míos
mientras estuvieron, tenues,
puestos sobre mi almohada.
Este es el puente que uso para abordar mis desgracias:
unos zapatos que alguien dejó bajo la cama
mientras sus pies, una vez míos, se alejaban.
Este es el puente que uso para llegar al espejo:
cualquier muerto, cualquier difunto
en cualquier fúnebre cortejo.
Contemplamos este ser paseándose por las ciudades ante vitrinas justificando su deseo de seguir vivo. Lo vemos soñando para invocar la dicha mientras mata el tiempo (el espejo).
El poeta es ese ser presente, el de "Memoria." El tono en que nos habla cobra un mayor valor melancólico, pero a la vez un ludismo más evidente y salvador por permitirnos respirar más calmadamente. A esto anterior también contribuye el que los poemas estén titulados en su mayoría, compensación que nos sirve de asidero, de guía. Ahora no nos parece transitar por un pasadizo sin posible salida. Evoca en el recuerdo, lo que además de refugio es otra oportunidad de reconstruir los tiempos, el ente, la realidad. Los versos, las alusiones, los nombres, nos vuelven a versos anteriores como una cadena de alusiones en juego con el texto mismo. La memoria es constancia de que nada "repetirá su nombre para fijarlos sobre las aguas, (p.72). Se llega a la creencia de que solamente se es eterno en la fugacidad, de que se es memoria en el recuerdo de los muertos, (p.75), y la memoria en sí no es un recuerdo, si no una reconstrucción. Estamos en una galería de espejos en la que son tantos los reflejos, que se pierde la imagen verdadera.
En esta sección se incluye una prosa poética que aporta otra visión sobre la memoria y el absurdo en la que la memoria se convierte en juego, como la fantasía misma de la poesía. Por eso se concluye que la memoria no existe, contradictorio manotazo al exordio anterior y complemento de la verdad. El olvido tampoco existe, es una sustancia indefinida muy alejada de la verdad (p.85), es la constancia de estar vivo. Los objetos, de igual forma, nos dan esta constancia ante un mundo pasajero en el que "todo esplendor es falso", (p.89). Como falso taoísta insiste en que: "Sólo el aleteo/ de esa sombra del movimiento existe." Es mejor ser el muerto sin nombre, "al que el olvido no podrá tocar nunca," (p.91).
La memoria va más allá de los dotes que se entiende posee el hombre común, al que llama "tenue," que es feliz solamente si hace el amor, recibe su salario, se marcha lejos en sus vacaciones, cena en restaurantes de moda y no dice "me enfermo," porque puede burlarle a la muerte otro día. Su ambición mayor está en consumar la verdadera memoria de la humanidad, recrearla toda, abarcar el genuino pensamiento humano. Otra falacia, otra sombra, otra falsedad. Al fin y al cabo descubre que todos los seres humanos son iguales, tal vez como una sola entidad, la humanidad no desaparece porque se rescata del olvido. Esta es la función del arte y del pensamiento para el poeta.
El olvido, la muerte, es otra forma de reencarnar; ambos deseos (morir-reencarnar) están en el ser, como una verdad inherente. Ahora, entendiendo este fenómeno humano, entramos a "Lo que nos queda…", otras presencias, otras voces, entre ellas la de César Vallejo, poeta que una que otra vez se corría, se burlaba, de sí mismo. Retoma ese tono vallejiano del olvido para "correrse" todo el tiempo y burlarse de nosotros. Entre Vallejo y Miguel Hernández, el poeta logra desconcertarnos con el infame desconcierto de toda estética bien lograda.
Queda lo inevitable, junto a Miguel Hernández no podrá evitar el rayo de luz que no cesa (p.102) y hará una humorística competencia con Vallejo en medio de lo cual confesará que el andino era un hombre alegre frente a él, (p.105). Los seres estarán gastados y usados, serán sombras que, poetas tristes al fin, se persignan. Esta parte tiene un segundo motivo en el mar; será en ese mar que el ser escuchará los cantos de sirenas ("la fascinación del hombre que enfrenta su abismo," (p.115). La muerte, la mayor presencia de este cuaderno, siempre ejercerá esa fascinación. De este modo, convertido, en mar, el texto recorrerá la distancia de siete poemas en los que será sueño, desierto, escondite, lo presentido, anuncio en cada gota o cuerpo de agua:

IV Quietud
¿Cómo vivir, si el espejo
de las alcantarillas te refleja en las calles?
Bailas, diminuto, en cada charco
pidiéndome que no te olvide.
Danzas en la lluvia en la que
gota a gota me persigues.
(p.119)
Ese mar insistente persigue, más en la isla poblada de gente, aislante, del ser mismo: la realidad de todo habitante del planeta que escucha los cantos de sirena. Y paralelo al mar corre la sangre, ese instinto de muerte, "el recuerdo," esa parte de nosotros que, genialmente, nos permite olvidar. La angustia de la existencia se sintetiza en estos poemas del mar. Usa voces típicas a nuestra tradición como gaviotas, costas, islas, puerto, orillas, azulez (nada de típica), cielo, meridiano, coral, puente, rumor. Es un patente homenaje a los trascendentalistas, a los existencialistas, a Salinas y otros, por medios de alusiones e intertextualidad.
"Días," retoma la filosofía inicial de la lucha contra el tedio cotidiano, el tema de la memoria y el de la caída. Aquí reafirmamos lo ya dicho, que este libro está estrechamente enlazado en temas y tratamientos. Es una de esas obras circulares que aunque se publique independientemente, libro por libro, es una sola. El mismo tratamiento concretizador que le dio al olvido y a la memoria lo aplica a los días, los que son sol, sonidos de voces, rostros, agua, vejez, parodia (p.127). Reencontramos al poeta descreído, el que ha jurado en vano, pero se comporta frente a sus falacias con tesón, como el héroe que proclamó ser al principio.
Esto se nos advierte con sarcasmo, mientras se destroza el significado material de los lunes, los domingos, las horas, los miércoles y los viernes. Todo lo sucedido en estos días no es más que una broma, un identificarse con el prójimo o consigo mismo, porque siempre se está frente a un espejo. Todo es perplejidad, contradicción: "Al fin de cuentas, un poema triste/ puede escribirlo hasta el hombre más feliz de la tierra," (p.133).
"El poema de los viernes," (p.135) es muy significativo, ya que nos remite al título de la colección.

Los viernes han venido a buscarme.
Ya no se hacen esperar, como antes,
seis días a la semana.
Ahora me asaltan a toda hora,
cada día, a la menor provocación.
Como tristezas apresuradas
los descubro disfrazados
de días de fiesta,
de domingos alborotados
y de sábados que no quieren morirse.
La semana se ha quedado ahí,
en un solo día,
que no sabe si llagar o irse.
Se nos cae todo lo imaginado, lo esperado ante el título del cuaderno, los viernes son todo los días, pero tampoco existen estos días, son un tiempo estancado en la memoria, es la eternidad sin tiempo, (p.136).
Otros signos que eslabonan los temas y tratamientos de las otras partes son el agua, la lluvia, el río, la desdicha, la tristeza, el mar, la poesía, el olvido, la nostalgia, el hastío, la desdicha, y el poeta de nombre Gilberto. Estamos leyendo un solo poema en una lectura circular que es una parodia de la vida, la que se reconstruye en cada desenlace.
"Estaciones" vendrá a certificar este presentimiento, pero no tendremos más remedio que acatar las reglas impuestas por el autor y aceptar sus imposiciones, sus retos. En "Ciclo" insiste que los seres "se repiten," que las estaciones son "vueltas físicas en un mismo prado," siempre, apunta con sarcasmo, "el regreso regresa." Las estaciones son el género humano que se comporta cíclicamente. Habrá disfrute, deleite de las estaciones hasta que de repente nos llegue el verano y luego el invierno. Se quiere parodiar uno de esos grandes libros de la humanidad como el Génesis, El libro de los muertos, El Popol Vuh, el Ramayana, el Poema de Gilgamesh. Peor aún, como Borges, juega con la idea de que lo está reescribiendo. Sarcásticamente desea que lo pensemos como la reencarnación de Espinoza, de Zenón, de Zaratrustra, de Vallejo, de Ulises. Todo es posible en la magia de la palabra, le seguimos el juego, pero sabemos que ya somos, los lectores, tan autores como aquellos y el emisor; que esta poesía es tan propia del creador, tan puertorriqueña como del mundo entero.
"Lluvia" es el encuentro definitivo con el agua junto a "Húcares,"su extensión, porque los árboles también son agua y el ser, de igual manera, (p.180). Los caligramas o construccionismos de estas partes provocan efectos visuales y sonoros. Nuestra mente recompone estos efectos con insistencia, sus diseños se graban en la memoria parcial del lector. El libro nos invita a descifrar significados mágicos y cabalísticos casi espantándonos. Ya sabemos que nada nos sorprenderá, al final del camino oiremos al poeta decir con sorna: "no hay nada serio bajo el sol. Ha logrado agotar en su poesía las imágenes, las alusiones a lo cotidiano y asume como un semi dios el efecto benigno y maligno de ese universo. Somos árboles y somos lluvia, encuentros y reencuentros, producto de un devenir. Cambiamos el juicio que acaso pudiéramos haber tenido al principio de que este libro encerraba el pesimismo más desastroso. No puede confundirse la resignación de hallarse como una estructura mortal mientras se desea la eternidad a la vez que se reconoce que ello no existe, con el pesimismo. El poeta sólo puede aspirar a reconocer su propio árbol entre tantos otros.
El árbol aspira al cielo, es "abrazo trunco," "imposibilidad tendida al aire," (p.175). La lluvia es el "nacimiento de todas las cosas que no estaban," (p.166), eterno tema del principio de la vida. Son caminos filosóficos de entraña oriental. En este apartado poesía es profundidad, pensamiento; por eso afirma que el poeta es quien conoce el secreto de la vida, quien deberá resignarse a ir de la vida al olvido oscuro, (p.177). Pero como ansía convertirse en una summa poética, parodia en "Interludio" el estilo de Jorge Manrique y otros, en el que dulce es morir, pero "morir callando." Un poco antes había aludido a Darío. En las postrimerías de sus libros, o secciones, parodia discursos que surgieron en las postrimerías de épocas y estilos para identificarse con la época que le toca vivir, para comunicarnos algo más que conocimiento de las estructuras del discurso.
"Prosas de la necesidad" insiste en recomponer la historia, el diálogo intertextual con tantos otros autores y con la obra misma, la que sigue mirándose, afirmándose y contradiciéndose a la vez que se reconstruye. La tesis de que el hombre nació para la tristeza, que ésta fue la condena genética, continúa alrededor del viernes. La condena provino del conocimiento, advenir a él, desear llegar a ser igual al Señor en conocimiento, convirtió al ser humano en un paria sobre la faz de la tierra: "Sabes que morirás este día acaso sin sentirlo, y que todos los días de tu vida te sentirás fuera del paraíso porque has tomado tu propia tristeza de compañía. Entonces la pareja salió del paraíso a buscar su propia soledad, y el Señor se quedó en el huerto anticipando la propia," ("Nuevo Génesis," p.178).
Por eso el poeta está condenado a ser triste, poesía y conocimiento se equiparan:
3
De tenue resplandor la primera luz. No el acento que duele al ojo, sino el viernes insensato, anodino pero triste en las tardes. Siempre algo duele, siempre algo nos dice hondo, pero mejor no profundizar, no escribir en esa línea que espera su encuentro con la letra. Yo disimulo. Hago sombras serenas sobre el papel pero no escribo lo duro de nada, no sea que el día crea que soy poeta, que habito la farsa de los acentos, que puedo los viernes vencer mi indolencia.

6
Verdad indudable: cuando el hombre está alegre está para el otro, cuando está triste está para sí. (p.179)
Es una verdad que afecta, pero el tono de juego resignado aminora los efectos y podemos disfrutar el lenguaje, la cercanía del mensaje. Estas prosas son reconstrucciones, o parodias de obras, muchas de ellas puntales en la formación del poeta, otras de la civilización. Una de ellas "Historia del desamparo, retoma el tema del agua, la tormenta y lo marino. Contra las tormentas no se tiene nada, dice, "hasta me ponen triste, y no hay nada que me ponga más alegre que la tristeza," (p.180).
Los seres humanos nos reflejamos en estos versos, que son nuestro espejo, nuestra verdad, nuestra flaqueza; la única salida es reírnos de nosotros mismos. Solamente el poeta, el conocedor, puede hacerlo, solamente por medio de la poesía llegamos a este estadio de poder reírnos de nuestras flaquezas. Con estas reflexiones entendemos que somos productos de estas dos grandes contradicciones del libro: la tristeza nos hace felices, la memoria es necesaria para el olvido. Entendemos que conocer es sufrir, pero la sabiduría libera después de todo, nos hace sentirnos en ese estadio cercano de Dios. Ahí está la memoria de lo que ha sido el ser humano. El comienzo de la felicidad consiste en olvidar y volver a reconstruirse; volver a empezar lo ya construido luego de su destrucción. Esa es la subsistencia, el ser debe construirse y reconstruirse continuamente, de lo contrario desaparecerá. Así es el arte, que es uno solo porque se reconstruye de otras obras ya hechas. Así es la poesía.
Con estas reflexiones densas, salvadoras y dañinas llegamos al libro final de este texto bíblico sobre la verdad del arte y del pensamiento humano: "Río Piedras, ciudad que transito." Ahora transitamos por la realidad física de un entorno urbano. Es una ciudad desolada, sin historia, que no es, ni puede ser, Itaca, sin Arcos de Triunfo, que jamás ha sido invadida, pero que mira agradecida. "Son invisibles las ciudades;" cada cual lleva una dentro. Es la ciudad sinónimo del ser, el que denomina hombre, con esa palabra precisada hoy como excluyente, porque insiste en parodiar los textos canónicos y autobiográficos.
En diálogo con la ciudad como una amante a veces, una amiga, una madre, una enemiga, un consuelo, un reflejo. La ciudad del mundo actual despersonalizada, sin nombre y ajena, pero necesaria aunque por más concurrida siempre aparezca solitaria. La ciudad que soy yo mismo, nos advierte, se va convirtiendo en un espejismo, en un desierto de arenas que forman un extenso camino, una zona misteriosa e indescifrable, una rueda, un cementerio. No es más que el texto mismo que tenemos en nuestras manos, convertido en una evocación nostálgica de sus secretos. No es más que un espejo que concluye con "Instrucciones para despedirse de una ciudad," veladas instrucciones para despedirnos de la lectura.

Publicado originalmente en
http://www.palabrajena.com

20 de enero de 2010

La razones del nombre:
Pablo Neruda
Gilberto Hernández Matos

Una serena noche de 1924 Neftalí Reyes, un delgado joven de Chile, se asomó a una vieja libreta en intención de escribir los versos más tristes. No lo hizo por razones que, hoy vistas, podrían parecer superficiales: alguien cantaba a lo lejos –a lo lejos- como si fuera uno de esos sonidos que distraen los ánimos, y, además, el viento de la noche giraba en el cielo y cantaba. Demasiado ruido quizás para concentrarse en escribir los versos más tristes. Y, para que no parezca poco, el poeta estaba confundido con sus propios sentimientos, ni siquiera sabía si quería o no a la amada a quien componía sus versos: Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. Mucha confusión quizás para hacer buenos versos. La justificación que daba para tan confuso estado, es tan corto el amor y es tan largo el olvido, como si lo efímero de las cosas en choque con su añoranza hiciera perder la perspectiva del presente, sólo es entendible a la luz de estos tiempos en que nada se añora, y las cosas se tienen sólo para servir de asidero a las que están por venir. Pero, sea cual sea el caso, quizá fue esa confusión la que le impidió escribir los versos más tristes.
Puedo escribir los versos, dijo. Puedo. Pero no lo hizo.
En su lugar escribió un ejemplo que hoy nos resistimos a creer como el mejor ejemplo de tristeza: escribir, por ejemplo, la noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros a lo lejos. Y todavía haya quien piense, y quizá la razón le asista, que esos versos rayaban incluso en la alegría.
No sé, quizá debamos suponer que Neftalí Reyes de verdad estaba triste, tan triste que confundía unos versos sencillos como esos con un ejemplo de tristeza. A fin de cuentas una noche estrellada puede ser tan triste o alegre como el ojo que la mira.

Pero lo que haya ocurrido aquella noche ya nunca lo sabremos. Pudo escribir los versos más tristes, pero no lo hizo. En su lugar preparó un cuaderno de poemas de amor, inicialmente unos doce poemas, y cuando finalmente tuvo la suma de 20, los llevó a publicar. Y una canción, desesperada, que incluyó en su junte.
Renunciado a los versos más tristes, el delgado joven renunció a todo. A llamarse Neftalí Reyes, y hasta a pasearse por el mundo con poco peso a cuestas. Y de un tirón prefirió ser otro, un tal Pablo Neruda, y llegarse hasta su epitafio con ese nombre.
Y ahora perdonen la digresión como si viniera al caso: hay preguntas que son impertinentes pero importantes, y de ahí, sobre eso, la pregunta de Juan Ramón Jiménez, “Pablo Neruda, y ¿por qué no Neftalí Reyes?, aunque no sabemos si el poeta de Moguer buscaba alguna respuesta o deleitarse en preguntar. Pero al caso nada importa, no hay respuesta final a esa pregunta. La historia de ese nombre es tan incierta como aquellos versos no escritos. Por Jan Neruda, el poeta checo, afirmó el chileno sobre su decisión a la par que dejaba sugerencias abiertas para que se pensara que era su homenaje a un triste personaje de Conan Doyle. Quizá las dos cosas son ciertas, o una de ellas, o ninguna. O alguna otra. No sé. Quizá debió llamarse Pablo Neruda porque sí, y la pregunta contraria, Neftalí Reyes, ¿y por qué no Pablo Neruda?, hubiese sido la correcta.
Como sea. Una larga sucesión de libros luego de este, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, su segundo libro, vino luego.
En esos libros habló América, hablaron los obreros, se retrataron las amadas, se recordaron los dolores, se enjuiciaron dictadores, y hasta se nombraron los seres y las cosas en su resplandeciente sencillez. Hubo en todo esto poemas sí dolorosos, trises algunos de ellos, pero no los más tristes de ninguna noche.
Pablo Neruda no pudo ser Vallejo, y la viceversa debe ser igualmente cierta. Pero pudo haber escrito los versos más tristes una noche, y no lo hizo. Y quizá sea mejor que permanezcan en blanco, y ya para siempre. Porque hubiesen sido tristes. Realmente tristes. Tristísimos.

16 de enero de 2010

El Coronel Aureliano Buendía, que le dice a su compañero Gerineldo, tras sobrevivir a un atentado, “morirse es más difícil de lo que algunos piensan”.
Cien años de Soledad


No Aureliano no,
con todo respeto le digo,
morirse es cosa fácil,
y tampoco tiene que ser de a poquito
porque hasta de cantazo se vale,
y hasta se puede morir uno sin extremaunción
ni esperar a nadie
ni aguardar protocolos,
morirse de morirse,
así, sin velorios ni cuentos, sin enfermedades de se consumió poquito a poco,
morirse de morirse, Aureliano, de morirse,
de me pasó ahora y punto.
No, Aureliano, no, que no es difícil,
que se va de apaga y vámonos,
de caite ahora y no esperes más luego,
que basta estar ahí, bajo algún techo
o cruzando un puente,
trabajando bajo una roldana
o visitando alguna iglesia,
basta estar debajo o encima o hasta al lado
de cualquier cosa
y que de repente todo tiemble
porque ya se sabe que la muerte no siempre es silenciosa
y veces hay en que llega anunciándose con panderetas y quebrantos.
No, no es tan difícil nada, Aureliano,
ni hay que hacerlo solo,
se vale hasta todos juntos,
más solidarios que nunca,
más juntos que otras veces,
porque no es difícil, Aureliano,
todo lo contrario,
para los pobres de la tierra es la cosa más fácil del mundo.

Gilberto Hernández Matos
15 de enero de 2010

Un hombre tiene un cadáver

Porque tenerse pueden tenerse tantas cosas
que hay quien tiene un reló
y hay quien tiene una linterna,
un sombrero jorobado
una habitación sin luces
y hasta una lámpara apagada,
pero muy pocos tienen un cadáver.
Este hombre sí,
lo sacó de entre otros que reposaban a su lado,
estuvo buscándolo horas y horas
hasta encontrarlo,
lo buscó cuando otros buscaban agua pan harina o polvo,
lo buscó hasta decirle a los otros muertos
este cadáver es mío, muy mío
pues me acompañó de vivo años de dolor y miseria
justo es que ahora lo acompañe de muerto,
pero los demás cadáveres apenas algo o nada dijeron
y él que lo echó así, bulto maltrecho pero querido,
sobre una carretilla que brinca muertos y muertos
como si brincara piedras ceniza o barro,
y ahí va, carretilla y cadáver
el hombre y su muerto calle abajo,
calle ningún sitio
calle Y ahora qué hago,
porque pueden tener tantas cosas
que hay quien tiene una pulsera
otros una correa
y alguno hasta alguna casa,
pero ese hombre tiene un cadáver,
uno solo, para él solito,
y sería feliz ese hombre si ahora encontrara dónde enterrarlo.

Gilberto Hernández
15 de enero de 2010

A propósito de Haití

Gilberto Hernández Matos


A propósito de Haití, pienso en Enrique Lynch. Poeta de verdad en tierra de Neruda, y digo que de verdad, se dedicó a las palabras. Pero ya enfermo de cáncer descubrió la verdad última de la poesía y la escribió mejor que nadie: “La palabra dolor / nada tiene que ver con el dolor”.
A propósito de Haití recuerdo la limitación de las palabras, y acaso de las preguntas. Ahogadas las teorías de los porqués y los conocimientos absolutos, ahogadas las convicciones teologales que inquieren dónde andaba dios o la justicia, ahogado todo porque ya nada importa, uno se queda mudo, con ganas de hablar y sin saber qué decir ni para qué, y uno ve fotos de muertos y más muertos y que ninguno se levanta y hala un jodio hilo que prenda alguna luz y diga sorpresa todo fue una pesadilla, y se quedan ahí, quietos en las fotos porque están muertos de verdad, porque de verdad uno se muere aunque salga en las noticias y parezca un triste programa de televisión, pero que no es programa porque cuando apagas el aparato eso sigue pasando, porque es verdad, verdad, verdad, y están ahí muertos, y otros están vivos pero como muertos, y eso de verdad está ocurriendo, y maldito sea Descartes porque por más que te cuestiones lo evidente del asunto esa gente está ahí muerta de verdad, sin pruebas ni sospechas... muerta porque sí, porque ocurrió un terremoto dicen, eso que es que la tierra tiembla y que en nosotros es una anécdota de alguna noche y en ellos la verdad de la última, y sí, muerta porque el terremoto, muerta porque ni sus calles ni sus casas ni sus hospitales ni sus nadas tenían una sola varilla porque quién no sabe que la pobreza no varilla las paredes, coño, y las deja ahí, frágiles, esperando el primer terremoto grande que venga a castigar por pobres de sin varillas ni seguros, y muerta porque sí, porque los dados salieron con un número que dijo Haití, la lotería geológica dijo Haití, la rueda de la fortuna que gira el calendario de los días dijo Haití, y muerta... bueno, porque sí, como si la muerte fuera un premio que alguien se saca, coño, que alguien tiene que ganar, o porque qué sé yo... pero están muertos, y para resucitarlos como a Lázaro supongo que habría que dar tantos gritos y llamar tantos nombres que no hay Cristo que tenga voz para tanto, yo qué sé, pero muerta, esa gente está muerta, y los que no, con sus ojos tan abiertos porque vieron la muerte y aún están incrédulos de la proeza... no sé, pero todos con sus ojos grandes tan abiertos tan redondos tan fatales... y un carajo de lo que uno diga sirve para algo, porque nada tiene que ver la palabra dolor con el dolor, nada tiene que ver nuestra tristeza con su sufrimiento, nuestro alelamiento de decir coño dios, esto no puede estar pasando.